Episodio 2: ¿Cuáles son los diferentes tipos de bioestimulantes?

Los bioestimulantes se han convertido en palancas esenciales de la agricultura moderna para una producción sostenible y resiliente.

No sustituyen a los fertilizantes ni a los productos fitosanitarios, sino que estimulan los procesos biológicos internos de las plantas, mejorando su crecimiento, nutrición y resistencia al estrés abiótico (Du Jardin, 2015). 

Como señalan Zhang y Schmidt (2020), "los bioestimulantes se definen por lo que hacen, más que por lo que son". Esta definición funcional ilustra claramente la diversidad de productos agrupados bajo este término: extractos de plantas, algas, ácidos húmicos, microorganismos beneficiosos, etc. Todos ellos comparten un objetivo común: optimizar las funciones fisiológicas de las plantas para aumentar su rendimiento y resiliencia.

Este artículo ofrece una visión general de las dos principales categorías reconocidas en la actualidad: bioestimulantes orgánicos y bioestimulantes microbianos.

¿Cuáles son las diferentes categorías de bioestimulantes?

1. Bioestimulantes orgánicos: extractos de plantas y algas, ácidos húmicos...

Los bioestimulantes orgánicos (no microbianos) son un grupo de sustancias naturales procedentes del mundo vegetal o animal que actúan sobre la fisiología de las plantas sin aportar directamente nutrientes. Su eficacia se basa en una combinación de mecanismos: modulación hormonal, estimulación enzimática, mejora de los procesos metabólicos y optimización de los intercambios entre las raíces y el suelo.

Los extractos de plantas, por ejemplo, contienen una gran diversidad de compuestos bioactivos, como oligosacáridos, polifenoles o ciertas hormonas naturales, capaces de activar vías de señalización y reforzar las defensas frente al estrés abiótico.

El heptamaloxiloglucano, un oligosacárido muy estudiado, desencadena la producción de enzimas antioxidantes y fitoalexinas, contribuyendo a aumentar la resistencia a la sequía o a las temperaturas extremas (Klarzynski et al., 2000). Los polifenoles, por su parte, desempeñan un papel fundamental en la protección de las células contra el estrés oxidativo, neutralizando los radicales libres y estabilizando las membranas celulares (Ali et al., 2020).

Los extractos de algas constituyen otra categoría importante de bioestimulantes orgánicos. Ricos en polisacáridos como la laminarina o el fucoidan, aminoácidos y fitohormonas naturales, contribuyen a regular la apertura estomática, mejorar el equilibrio hídrico y limitar los efectos nocivos de la salinidad y la sequía.

Numerosos estudios han demostrado su eficacia en viticultura, arboricultura y horticultura, donde mejoran no solo la tolerancia de las plantas al estrés, sino también la calidad de los cultivos, con efectos positivos sobre el contenido de azúcar, la firmeza de los frutos o la conservación postcosecha (Battacharyya et al., 2015; Shukla et al., 2019).

Los ácidos húmicos y fúlvicos, producidos por la descomposición natural de la materia orgánica, actúan en la interfaz entre el suelo y las raíces. Modifican la estructura y la porosidad del suelo, fomentan la actividad microbiana beneficiosa y mejoran la disponibilidad de nutrientes, sobre todo de fósforo y micronutrientes.

Estas sustancias también estimulan el crecimiento de las raíces actuando en vías similares a las de las auxinas, contribuyendo así a una mejor exploración del suelo y a una mayor absorción de nutrientes (Canellas et al., 2015; Soil Science Society of America Journal, 2020).

Por último, los hidrolizados de proteínas, obtenidos por hidrólisis enzimática, ácida o térmica de materias primas vegetales o animales, proporcionan a las plantas aminoácidos libres y péptidos de bajo peso molecular.

Estos compuestos intervienen directamente en la síntesis de proteínas de estrés, en la regulación de la osmorregulación y en la reparación celular. Mejoran la recuperación del crecimiento tras el trasplante, favorecen el vigor general y aumentan la resiliencia en condiciones limitantes, especialmente durante los periodos de sequía (Ertani et al., 2009; Colla et al., 2017).

 

En conjunto, estos diferentes tipos de bioestimulantes orgánicos tienen una acción complementaria. Estimulan el crecimiento de las raíces, la absorción de nutrientes, la regulación hormonal y la defensa antioxidante, al tiempo que son biodegradables, compatibles con la agricultura ecológica y adecuados para su uso en una amplia gama de cultivos.

2. Bioestimulantes microbianos : Hongos micorrícicos y bacterias beneficiosas

Los bioestimulantes microbianos incluyen todos los microorganismos vivos aplicados a plantas o suelos para estimular directa o indirectamente el crecimiento y la tolerancia al estrés.

Actúan principalmente colonizando la rizosfera, la zona de interacción entre las raíces, el suelo y la microbiota, donde modifican la dinámica biológica y mejoran la capacidad de las plantas para absorber nutrientes y resistir el estrés abiótico. Entre los más estudiados se encuentran los hongos micorrícicos y ciertas bacterias beneficiosas conocidas como rizobacterias promotoras del crecimiento (PGPR).

Los hongos micorrícicos, como Glomus intraradices o Rhizophagus irregularis, establecen una simbiosis con las raíces. Sus hifas amplían considerablemente la superficie explorada por las raíces, facilitando así la absorción de nutrientes poco móviles en el suelo, como el fósforo y ciertos oligoelementos (Smith & Read, 2008).

Esta relación simbiótica también se traduce en una mayor tolerancia al estrés hídrico y salino, ya que la red micorrícica mejora la disponibilidad de agua y favorece la estabilidad iónica en los tejidos vegetales. Además, algunos hongos como Trichoderma spp. no se limitan a mejorar la nutrición: también segregan compuestos capaces de inducir mecanismos de defensa sistémicos, reforzando la planta contra los patógenos del suelo, al tiempo que estimulan el crecimiento de las raíces y la biomasa (Harman et al., 2004).

Las bacterias beneficiosas constituyen otro componente importante de los bioestimulantes microbianos. Numerosas especies de PGPR, como Bacillus amyloliquefaciens, Pseudomonas putida o Bradyrhizobium japonicum, han demostrado su eficacia en diferentes contextos culturales (Kloepper et al., 2004; Hungria & Mendes, 2015).

Tienen múltiples modos de acción: algunas secretan fitohormonas naturales como auxinas, citoquininas o giberelinas, que influyen directamente en el alargamiento de las raíces y el vigor de las partes aéreas; otras producen enzimas o metabolitos capaces de solubilizar el fósforo o fijar el nitrógeno atmosférico, aumentando así la disponibilidad de nutrientes para las plantas. Algunas cepas también poseen actividad ACC-deaminasa, que reduce la producción de etileno inducida por el estrés y retrasa así la senescencia de los tejidos (Backer et al., 2018).

 

Sin embargo, la eficacia de los bioestimulantes microbianos depende en gran medida de las condiciones ambientales. La humedad, la temperatura y el pH del suelo, así como la presencia de una microbiota establecida, pueden influir en la colonización y la actividad de las cepas inoculadas.

 

Su éxito se basa, por tanto, en una selección rigurosa de los microorganismos adecuados para cada cultivo y en una colocación técnica precisa, ya sea mediante recubrimiento de semillas, inoculación en el suelo o fertirrigación. Los recientes avances en biotecnología permiten ahora desarrollar formulaciones más estables y eficaces, como la liofilización, la microencapsulación o la combinación sinérgica de varias cepas microbianas (Yakhin et al., 2017).

 

Los bioestimulantes microbianos representan, por tanto, un enfoque complementario a los bioestimulantes orgánicos. No sólo refuerzan la nutrición, sino que también contribuyen al establecimiento de un ecosistema radicular verdaderamente protector y funcional, que mejora la salud general de la planta y su resistencia frente a los peligros medioambientales.

Proceso de fabricación de bioestimulantes

El proceso de fabricación de bioestimulantes depende mucho de la naturaleza de las materias primas utilizadas, pero siempre responde al mismo objetivo: preservar la integridad y la eficacia de los compuestos bioactivos, garantizando al mismo tiempo la estabilidad y la seguridad de uso del producto final. En general, los fabricantes prefieren extraer fracciones activas o seleccionar cepas microbianas en lugar de utilizar biomasa bruta, con el fin de controlar mejor la calidad y la reproducibilidad de los efectos observados sobre el terreno (Yakhin et al., 2017).

En el caso de los bioestimulantes microbianos, la producción se basa en el cultivo de cepas seleccionadas de bacterias u hongos en condiciones controladas. A continuación, estos microorganismos se multiplican por fermentación y se estabilizan mediante procesos como la liofilización, que preserva su viabilidad y actividad biológica durante un largo periodo de almacenamiento (Backer et al., 2018). Durante la aplicación, la reactivación de las cepas se produce al entrar en contacto con el agua y la materia orgánica del suelo, una condición esencial para su eficacia. Pasos adicionales de formulación, como el recubrimiento de semillas, la microgranulación o la encapsulación, facilitan su integración en los itinerarios técnicos agrícolas y garantizan una colocación óptima en la rizosfera (Rouphael & Colla, 2020).

En el caso de los bioestimulantes no microbianos, producidos a partir de materias primas vegetales o animales, se utilizan varias técnicas de extracción y transformación para aislar las moléculas de interés. La extracción enzimática libera péptidos y aminoácidos de bajo peso molecular que las plantas asimilan fácilmente y son especialmente eficaces para estimular el crecimiento de las raíces (Ertani et al., 2009; Colla et al., 2017). La extracción acuosa o térmica, a menudo utilizada para las algas, concentra polisacáridos solubles como la laminarina o el manitol, conocidos por su papel en la regulación osmótica y la resistencia al estrés abiótico (Battacharyya et al., 2015). La hidrólisis ácida o alcalina es adecuada para materiales lignocelulósicos, ya que produce oligosacáridos capaces de inducir mecanismos de defensa naturales (Klarzynski et al., 2000). Por último, la extracción con disolventes puede concentrar ciertas moléculas específicas, como polifenoles o fitohormonas naturales, eliminando al mismo tiempo compuestos indeseables (Shukla et al., 2019).

Más allá de la extracción, las tecnologías de formulación desempeñan un papel decisivo en la eficacia final de los bioestimulantes.

La microencapsulación, por ejemplo, protege los ingredientes activos de la degradación por la luz, la oxidación o el pH del suelo, y garantiza una liberación gradual y selectiva en la zona radicular (Yakhin et al., 2017).

Otras formas, como las soluciones líquidas concentradas, los polvos solubles o las formulaciones granuladas, permiten adaptar los productos a diversos modos de aplicación y garantizan una mayor homogeneidad en la distribución y una mayor biodisponibilidad de los compuestos bioactivos (Rouphael & Colla, 2020).

Estas etapas de fabricación y formulación son cruciales para garantizar la estabilidad, el uso seguro y el rendimiento constante de los bioestimulantes en condiciones agrícolas a veces muy variables. Explican en gran medida las diferencias observadas entre los productos comerciales y subrayan la importancia de un control riguroso de los procesos industriales.

Ventajas y diferencias entre los tipos de bioestimulantes

Cada categoría de bioestimulante tiene sus propias características específicas ligadas a su composición y modo de acción, lo que explica que el rendimiento varíe en función del cultivo, las condiciones ambientales y la estrategia de aplicación elegida.

Los bioestimulantes orgánicos actúan globalmente sobre la fisiología de las plantas estimulando el crecimiento de las raíces, mejorando la absorción de nutrientes y potenciando la vitalidad general.

Los extractos vegetales ricos en polifenoles, aminoácidos u oligosacáridos, por ejemplo, favorecen la tolerancia al estrés abiótico, mientras que los ácidos húmicos mejoran la fertilidad del suelo y la capacidad de absorción de las raíces.

Su carácter biodegradable y su compatibilidad con la agricultura ecológica los hacen especialmente adecuados para los sistemas agroecológicos. Sin embargo, su acción se basa en mecanismos complejos y multifactoriales, como la modulación hormonal, la actividad enzimática y las interacciones con el suelo, lo que explica que sus efectos sean a veces más graduales y menos inmediatos. Su eficacia depende en gran medida de la calidad y estabilidad de los extractos y del momento de aplicación, lo que los hace más eficaces para una gestión preventiva a medio plazo que para situaciones de emergencia.

En cambio, los bioestimulantes microbianos actúan directamente en la rizosfera.

Al colonizar las raíces, microorganismos beneficiosos como Bacillus, Trichoderma u hongos micorrícicos como Glomus interactúan íntimamente con la planta. Facilitan la absorción de nutrientes clave como el fósforo, el nitrógeno y ciertos oligoelementos, al tiempo que inducen mecanismos de defensa sistémicos que protegen a la planta contra diversos estreses. Varios estudios han demostrado que estas cepas pueden aportar beneficios visibles desde las primeras semanas de aplicación, como una mejor recuperación tras el trasplante, un crecimiento acelerado de las raíces y una reducción de la incidencia de patógenos transmitidos por el suelo. Sin embargo, su eficacia depende estrechamente de las condiciones ambientales: la humedad, la temperatura, el pH y la composición microbiana inicial del suelo pueden influir mucho en su capacidad para establecerse y expresar su potencial. Para garantizar buenos resultados, es esencial una colocación precisa en el itinerario técnico, por ejemplo en el momento de la siembra o como tratamiento de las semillas, y en condiciones no limitantes.

Conclusión

Hoy en día, los bioestimulantes son mucho más que una simple categoría de productos complementarios: constituyen una verdadera palanca agronómica para responder a las exigencias de una agricultura moderna, a la vez eficaz, sostenible y resiliente. Ya sean de origen orgánico o microbiano, su interés reside en su capacidad para estimular los mecanismos internos propios de las plantas, reforzar su fisiología y mejorar su adaptación a las limitaciones medioambientales. Los bioestimulantes orgánicos, derivados de extractos vegetales, algas, ácidos húmicos o proteínas hidrolizadas, actúan de forma global y progresiva, modulando las vías hormonales, favoreciendo la nutrición mineral y aumentando la tolerancia al estrés. Por su parte, los bioestimulantes microbianos se basan en la acción de microorganismos vivos capaces de colonizar la rizosfera, favorecer las simbiosis nutritivas e inducir defensas naturales, aportando así beneficios rápidos y medibles al campo.


La diversidad de estos productos, tanto por su origen como por su modo de acción, los convierte en herramientas complementarias y estratégicas para mejorar la vitalidad de los cultivos, estabilizar los rendimientos y reducir la dependencia de los insumos químicos. No obstante, su eficacia depende en gran medida de la calidad de las formulaciones, el momento de aplicación y las condiciones edafoclimáticas. Por lo tanto, deben integrarse en un enfoque razonado de gestión cultural, en consonancia con los objetivos agronómicos de cada explotación.


Con los recientes avances en biotecnología, extracción de compuestos bioactivos y formulación, los bioestimulantes están experimentando una dinámica de innovación sin precedentes. Están llamados a desempeñar un papel cada vez más importante en la transición agroecológica, conciliando la productividad y el respeto por los ecosistemas. Su potencial de desarrollo permite vislumbrar una agricultura más sobria en insumos, más resistente a las incertidumbres climáticas y más orientada a la sostenibilidad a largo plazo.


En el próximo artículo de esta serie, exploraremos con más detalle los bioestimulantes de origen vegetal, sus mecanismos específicos y sus aplicaciones concretas en el campo.


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Descargo de responsabilidad

El objetivo de esta serie es compartir información práctica sobre bioestimulantes. Cada mes se tratará un tema nuevo, basado en nuestra experiencia e investigación.

Fuentes

Referencias

    • Ali, H., Alqurashi, M., Hassan, S. (2020). Polyphenol-mediated antioxidant response in plants under stress. Frontiers in Plant Science, 11: 853.

    • Backer, R., Rokem, J. S., Ilangumaran, G., Lamont, J., Praslickova, D., Ricci, E., Subramanian, S., Smith, D. L. (2018). Rizobacterias promotoras del crecimiento vegetal: Contexto, mecanismos de acción y hoja de ruta para la comercialización de bioestimulantes para la agricultura sostenible. Fronteras en la ciencia de las plantas, 9:1473.

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    • Zhang, Z., Schmidt, E. (2020). Bioestimulantes: What They Do, Not What They Are. Informe EBIC.

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